jueves 11 de diciembre de 2008
Volvemos enseguida. Permanezcan atentos a sus pantallas.
Por otra parte hay un archivo malicioso que se ha colado en el blog y voy a intentar eliminarlo. Espero tener suerte.
Lo que quiero que quede claro es que “El Club del Relato” no ha muerto, lo que pasa es que ando algo corto de tiempo. Siento haber decepcionado vuestras expectativas iniciales, pero pienso seguir al pie del cañón. No desesperéis.
La vida sigue… el blog también.
¡Gracias a todos!
miércoles 22 de octubre de 2008
jueves 22 de mayo de 2008
Pequeña duda
sábado 12 de abril de 2008
El Crisol de Cristal
Después de una larga temporada dedicada casi en exclusiva a la corrección de mi novela, vuelvo a la carga con este nuevo relato. Al menos, estaré más frecuentemente en la red antes de ponerme con el siguiente proyecto (le he cogido el gusto a los largos relatos). Espero que mi vuelta sea de vuestro agrado y disfrutéis con lo que os ofrezco. Un fuerte abrazo a todos y hasta la próxima, espero no dentro de mucho.
EL CRISOL DE CRISTAL
Rufus era uno de esos chicos con tendencia al autismo en clase. No es que no le gustase estar allí mientras el profesor enseñaba a sus alumnos, lo que pasaba era que prefería perderse en sus asuntos. Se quedaba absorto en la banalidad de sus pensamientos y ensoñaciones. Por esa razón, siempre se situaba en el lugar más apartado del aula junto a la ventana que daba al patio. Desde aquel primer piso, Rufus tenía una visión amplia de aquel lugar arbolado, ahora desierto. Más tarde sería un hervidero de chicos sentados aquí y allá, unos con el bocadillo y otros, más precoces o ansiosos tal vez por parecer más adultos, con el cigarro en la mano y aires de superioridad. Él tan sólo miraba a través del cristal. Sin buscar nada. Sin esperar pasase cualquier cosa del otro lado.
Estaba en mitad de la clase de matemáticas. Senos y cosenos se plasmaban en la pizarra por un recién instruido pupilo que dudaba y se balanceaba mientras el profesor aguardaba con sigilo que el chico acabara su demostración. Tuvo que darle algunas indicaciones antes de terminar, pero quedó bastante contento con el resultado. Después de todo, aquel era uno de sus preferidos. Por esa parte, Rufus estaba tranquilo, en matemáticas nunca le sacaban para esos menesteres. Podía evadirse de la realidad con cierta calma. Sus compañeros de las mesas adyacentes tampoco eran un problema. Cada uno iba a lo suyo o, por lo menos, no se preocupaban demasiado de aquel chico ensimismado.
No tenía porqué ser un día diferente aquel de primeros de Mayo. Se acercaba el fin de curso. El sol era más amigo de los días que las estrellas. El calor se incrementaba cada jornada. Apetecía más estar fuera que dentro de las aulas. Los profesores lo notaban y se ofrecían al alumnado menos exigentes y más comprensivos. No había un motivo para lo que sucedió en ese instante, a diez minutos del término de las enseñanzas de Don Pedro. Pero sucedió y aquello hizo que Rufus echara la silla hacia atrás y diera con su trasero en el suelo. El estrépito de la caída hizo que el profesor corriera hacia él con preocupación. Para sorna de los demás, Rufus recibió una reprimenda de Don Pedro en cuanto vio que se encontraba perfectamente y una carcajada sonora de sus compañeros. La humillación acabó devolviéndole a la realidad, pero aquello que le hizo caer aún permaneció durante mucho en su memoria. Y fue a eso a lo que recurrió mientras esperaba frente al despacho del director. No sería una amonestación severa, tan sólo una breve charla de aleccionamiento y, tal vez, un pequeño castigo.
Mientras el director trataba de poner en su sitio a Rufus, éste caminaba distraído por sus ensoñaciones. No obstante, tan centrado estaba en regañarle y tanta práctica tenía Rufus en el disimulo, que ni uno ni otro sacaron nada en claro y aún así ambos quedaron satisfechos. Sonó el timbre que anunciaba el fin del día y el director invitó al chico a marchar a casa. Rufus puso cara de disculpa, subió a la clase vacía y cogió su mochila. Antes de abandonar el centro se acercó al lugar en el que había estado sentado y miró con detenimiento la ventana. Pasó la mano por el cristal como si intentara limpiar livianamente una mota de polvo o alguna mancha. Estaba embobado cuando una señora de la limpieza le advirtió que ya era hora de irse y dejarle hacer su trabajo. Rufus se encogió de hombros y se marchó.
A punto estuvo de perder el autobús. De igual modo que solía hacer en clase, se situó en el lugar más apartado del resto de la gente, junto a la ventana. Sus compañeros de viaje gastaban bromas entre ellos, reían estrepitosamente ante la mirada severa del conductor y quedaban para la tarde. Rufus no tenía amigos desde hacía tiempo, así que siguió con sus cosas. Estaba mirando otra vez hacia fuera cuando volvió a suceder. Esta vez dio un respingo que nadie percibió. Se le erizó el bello de la nuca y respiró entrecortadamente. No apartó la mirada del cristal. Veía ahora lo mismo que hacía tan sólo unos minutos en el aula.
Al principio había pensado que aquel reflejo era él mismo. Sin embargo, cuando advirtió que la imagen se movía de una manera diferente a la de él y que incluso le sonreía, comenzó a dudar. Era difícil advertir una forma clara en el reflejo de una superficie transparente. Aquello no era como un espejo y temió el momento en que tuviera que ponerse delante de uno. No obstante, se percató de que la imagen contenida en el vidrio era la de una chica risueña de ojos ambarinos y piel morena. Ella le veía tan claramente como lo hacía él. Era, sin duda, un misterio. Nadie excepto él podía verla. O quizás, nadie excepto él pasaba tanto tiempo con la mirada perdida hacia ninguna parte como para darse cuenta de algo así. En cualquier caso, qué le importaba a Rufus lo que los demás hiciesen o dejasen de hacer. Se preguntó si se trataba de una quimera más de su imaginación. También se cuestionó, en caso de que no fuera así, si podría establecer algún tipo de comunicación con la chica del otro lado del cristal. Lejos de asustarse, una vez acomodado a la situación, sentía una inmensa curiosidad por el fenómeno.
Cuando llegó a casa, saludó a su madre, dejó la mochila y subió corriendo a su habitación. Una vez allí, se tiró a la cama y acercó la cara al cristal que daba a la calle. La imagen seguía estando allí. Tan clara como antes. Rufus acercó la mano a la ventana y puso sus dedos sobre ésta, mientras su madre chillaba que la comida ya estaba lista y debía poner la mesa. Antes de bajar, vio como la chica reflejada imitaba el gesto del chico y ponía las yemas de sus dedos unidas a las de él. Rufus sintió un escalofrío apacible, una chispa eléctrica que le rozó la mano. Ella sonrió. Mientras comía se preguntó si ella podría oírle desde donde estaba. Devoró la pasta en cinco minutos y, ante la sorpresa de su madre, volvió a su habitación con la excusa de hacer los deberes. Algo a lo que no pudo oponerse. Tal vez su chico estuviera cambiando y haciéndose más responsable.
Rufus pensó que era el momento perfecto para probar si podía ver a la chica en el espejo. Se fue al baño y entró con una cadencia lenta y pausada. No sabía lo que podría encontrar en su reflejo. Lamentablemente, la decepción fue lo único que había allí. Su propio rostro enfrentado al de Rufus en la realidad. Volvió cabizbajo a la habitación y se situó al lugar donde sabía ella debía estar. No le falló. Allí estaba, tan risueña como la primera vez. El chico se quedó prendado de la belleza de aquel reflejo y pasó el resto de la tarde admirando la imagen que a veces se perdía por los destellos del astro rey.
Nacieron en él entonces otras preguntas más profundas. ¿Sería aquella chica un fantasma? ¿Acaso una proyección desde otra dimensión? ¿Sería una chica de cualquier otra parte del mundo, como él? Y, en caso de ser así, ¿cómo habría echo para estar del otro lado y establecer ese contacto con él? ¿Sería el único? Divagando en cuestiones que no encontraban respuesta, Rufus se durmió.
A la mañana siguiente, la chica ya le esperaba para darle los buenos días. Le lanzó un tierno beso y Rufus pegó la cara al frío cristal para recibir el obsequio. Los días que continuaron fueron muy felices para el muchacho. Ahora tenía una amiga que, además, era muy especial. A veces la veía mover los labios tratando de decirle algo, pero no era capaz de identificar sus palabras. Tal vez su idioma fuera diferente. No lo sabía. Desconocía cualquier dato que pudiera darle una pista sobre la chica. El verano llegó y las vacaciones permitieron a Rufus disfrutar más aún de la compañía del reflejo. Su mayor secreto. Sus padres no dijeron nada en ningún momento. Era tan insólito verlo así de feliz que preferían no inmiscuirse en asuntos que no les atañían pero que, por el contrario, alegraban a su hijo de tan extraordinaria manera.
El verano, como siempre, pasó como una flecha y se acercaba la hora de volver a coger el petate y los libros. Apenas a una semana del fin de las vacaciones, Rufus despertó con el ánimo exaltado. Tenía intención de lanzarse a la chica y darle el mayor de los besos que la historia jamás contemplara. Había practicado mucho frente al espejo. Sería su primer beso. Y se lo daría a la chica del cristal. Su amiga especial. A estas alturas, tal vez algo más. Ella le recibió tan bella como siempre, con su encantadora sonrisa. Sus ojos le regaron de ternura y él, acicalándose un poco el pelo, se acercó tímidamente al reflejo. Ella, que lo vio venir, le imitó juntando los labios. Rufus tragó saliva. Era un momento importante. Cuando el chico puso su boca cerrada sobre el cristal, ella acercó la suya y la unió a la de éste. Una descarga agradable le recorrió la comisura y se le durmió la lengua. Rufus cerró los ojos para saborear el instante. Al abrirlos... comprendió.
Vio su cama. Su habitación y la puerta que daba al pasillo al fondo. Pero no vio la imagen de la calle llena de árboles a través de la ventana. Al mirar atrás tan sólo veía oscuridad. Se sintió liviano. Estaba atrapado. La chica seguía del otro lado, pero ahora era perfectamente visible. Su belleza era sublime, mucho mayor de la que se advertía en un simple reflejo. Tenía una mirada cautivadora y un cuerpo que, para la edad que tenía, resultaba de lo más atractivo. Rufus sabía que rompería muchos corazones después del suyo. La chica bajó de la cama de un salto. Miró hacia atrás y lanzó un beso al muchacho antes de perderse con cautela por la puerta que daba a las escaleras. Rufus no oyó como bajaba hacia el piso inferior y salía a la calle. Posiblemente en busca de su hogar o quién sabe qué. Él, en cambio, tomó el relevo de aquella cárcel inmaterial. No oyó los gritos de su madre llamándole para comer. Tan sólo la vio minutos después subiendo a su habitación para buscarle algo enfadada por la desidia de su hijo. Horas después la policía fue quien estuvo en su habitación, buscando pruebas o alguna pista del posible paradero de Rufus. Semanas después, harto de ver dolidos a sus padres, el chico abandonó el reflejo de aquella ventana y comenzó a recorrer los vidrios de todas las ventanas del mundo en busca de una víctima que pudiera coger el testigo. Cuando encontrará a alguien, le regalaría la mejor de sus sonrisas y jugaría a conquistar su corazón. Entonces, sólo entonces, volvería a ser libre. Y quizás, era posible, buscara a la chica que un día le dio prisión para amarla o castigarla por aquello. Llegado el momento, dejaría que el Amor decidiese por él. Si aún seguía existiendo, claro. En tanto permanecería encerrado en aquel crisol de cristal.
martes 8 de abril de 2008
De las artes y las letras
Leo esta reflexión del escultor Antonio Sibellino y me pregunto si es también aplicable a la literatura: ¿se ha producido la misma revolución que en artes plásticas? Es cierto que ciertas figuras, como Proust o Joyce, representan un gran cambio, pero en vez de desembocar en “la línea” como sugería Sibellino, pareciera que hubieran abierto todo un mundo de “pelitos” y otros fenómenos que no habíamos advertido antes. Es decir, parece, que si hubo revolución, ésta fue en una dirección muy diferente a la de otras artes.
Y no sólo eso, sino que si uno ve la lista de los últimos bestsellers, uno pudiera creer que ni Proust ni Joyce hayan existido nunca. En cambio, miremos las obras de arte más vendidas en las últimas ferias y será imposible olvidarnos que hubo una vez un Duschamp o un Picasso.
Quizá exista una revolución pendiente en la literatura. Ojalá no tengamos que esperar a que el mercado editorial asimile los cambios de los últimos cien años.
miércoles 19 de marzo de 2008
Viaje extasiástico a la estación del bucle.
Una melodía se escapaba de entre los estridentes acordes que todo lo controlaban. Y yo permanecía allí, en medio, de pie, como mirándolo todo desde una burbuja infranqueable, como si estuviera en un margen agotado por todas aquellas existencias que danzaban clavando sus ojos vacíos en los del resto pero sin llegar a traspasar el vidrio que bloqueaba la realidad. Una y otra vez, sin descanso, sin permitir que aquel ejercicio de contemplación de la destrucción ajena evitara colaborar en la mía propia.
Cuando fluye la letanía es difícil combatirla, más cuando su llegada es bienvenida y deseada, y se apodera de tu voluntad. La voluntad es lo último que perdemos instantes antes de dejar de ser personas para convertirnos en entes inanimados, en vacuos seres guiados únicamente por los espasmos artificiales que se dibujan en nuestras mentes gracias al sonido que extrae una aguja de un vinilo que da vueltas una y otra vez. Una y otra vez, sin descanso, una y otra vez.
Un ejército de valientes abandonados al sumo estado de plenitud que jamás he conocido. Un ejército de cobardes que no aceptan la realidad tal y como es. Tal vez, bien pensado, no sea más que una realidad más… cuando la has llegado a conocer.
La cuestión es que la melodía sonaba perfecta en mi cabeza, desde la que era conducida a todos los rincones de mi cuerpo. Conductos plenos de satisfacción acelerada. Todo mi ser palpitaba, una vez más, una y otra vez, sin descanso, una y otra vez más. Y allí continuaba estando yo, observándolo todo desde el altar de los que contemplan, como si conmigo no fuera la cosa a pesar de ser uno más.
Una vez más.
martes 18 de marzo de 2008
Detención
Parece ser que aquel grupo de muchachos, desde el punto de vista froidiano, habían pasado de la etapa sádico-anal a otra etapa “hijadeputa” porque se pasaban el día “dando por culo” metafóricamente. Tal era la cualidad de la brutal ponzoña de aquellas adolescentes criaturas que, nadie en el barrio, se atrevía a dejar su coche en la calle, con lo que los precios de las plazas de aparcamiento se habían disparado.
No sé si en todo el asunto tendría algo que ver el hecho de que el cabecilla fuera hijo del dueño de una oficina inmobiliaria, pero como yo así lo creí… esa fue la razón de que incendiara la citada oficina.
El inspector miró a sus compañeros y luego miró al detenido estirando el silencio como una goma que terminaría por romperse de tan tensa, pero no fue así. Finalmente habló con voz pausada mientras borraba de su ordenador la transcripción de aquella declaración:
--¿Sabe una cosa?
El silencio, esta vez, fue breve antes de continuar.
--Me ha convencido. Dejaremos una semana de margen y si esas sabandijas prepúberes dejan de dar por culo, como usted dice, nunca le habremos detenido por pirómano. Pero como esos cabrones vuelvan a tocar mi coche…
Esta vez la pausa si llevó a una explosión emocional en la voz del policía.
--…Le juro por el nuevo código de circulación, que haré con sus huesos todo aquello que, por ley, no puedo hacer a esos mocosos.
Y ante el atónito silencio de todos, en especial del detenido, miró hacia la puerta con un claro gesto de su cabeza.
--¡Puede marcharse!
Sin embargo, cuando empezaba a traspasar el umbral de la libertad, la voz del inspector le clavó de nuevo al suelo.
--Y, de aquí a entonces, no se le ocurra salir del país porque haré que le pongan en el listado del Interpol como el terrorista más buscado.
Terminó de salir de allí con el miedo en el cuerpo, pero con una firme decisión de vigilar día y noche a aquellos bárbaros a fin de asegurarse una distancia de seguridad entre él y las garras del inspector.
by Vicente Salinas Roca
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